¿Es conveniente la libertad individual?

Este domingo, los peruanos acudiremos a las urnas para elegir a nuestro próximo presidente en lo que constituye, teóricamente, un ejercicio libre de la voluntad popular.  Sin embargo, llama la atención que, en nuestra democracia, sean particularmente populares los políticos que plantean expandir las facultades coercitivas del estado en detrimento de nuestras libertades políticas, económicas y sociales.  Algunos proponen que se suba la carga impositiva es decir que se cobren más impuestos de tal manera que el gobierno administre cierta cantidad de dinero que antes hubiese sido manejado por capitales particulares.  Otros, sugieren que se nacionalicen empresas de “carácter estratégico” pasando éstas del control privado al de la autoridad centralizada.  Mientras que la mayoría aboga, unívocamente, a favor de implementar medidas de “mano dura” para controlar el avance de la delincuencia.  Sin embargo, estas propuestas, todas muy populares, son estatistas en el sentido de que disminuyen el poder de la sociedad civil y lo concentran en el sector público.  Ahora bien, esto me parece bastante paradójico ya que implica, que muchos peruanos prefieren que el estado tenga más control sobre sus vidas. (Y, al mismo tiempo, tener ellos mismos menos control sobre sus asuntos personales)  Por lo tanto, podríamos decir que, en el Perú, se está gestando un clima de rechazo hacia la libertad.

Sin embargo podríamos decir que éste no es, de ninguna manera, un fenómeno nuevo.  Ya en 1888, cuando el Perú yacía derrotado y maltrecho tras la Guerra del Pacífico, Manuel González Prada creyó encontrar la causa de nuestras desventuras en, lo que, él creía, era una disposición natural de los peruanos en contra de la libertad.  En todo mestizo, sostuvo éste, está mezclada la “sangre de los súbditos de Felipe II” con aquella de los pongos, igualmente serviles, de Huayna Cápac.  Por lo tanto, para González Prada, “nuestro espíritu de servidumbre” explicaba, acaso como causa subyacente, el fracaso militar, la ruina económica y también la inestabilidad política.  Evidentemente, lo afirmado en el “Discurso del Politeama” puede refrendarse con numerosos hechos históricos.  Durante los últimos 182 años hemos sido, nominalmente, una república democrática regida por elecciones libres.  Sin embargo, a lo largo de ese mismo lapso los peruanos no hemos visto pasar más de quince años sin golpes de estado, guerras civiles u otros incidentes en los cuales el poder haya sido usurpado y esgrimido por la fuerza sin el consentimiento de las mayorías. (Por cierto, el periodo más largo de estabilidad democrática en nuestro país ocurrió durante la llamada “República Aristocrática” entre 1899 y 1914)  Por lo tanto, podría afirmarse (acaso sin temor a la equivocación) que el Perú es un país sin tradición democrática en el cual la soberanía popular y la libertad individual han sido constantes en el discurso político pero no una realidad a la cual los peruanos hayan estado acostumbrados.  En este contexto, podría argumentarse, como lo han hecho muchos a lo largo de nuestra historia, que la soberanía popular no es algo provechoso o deseable.  Según estas personas, la libertad individual puede ser dañina por lo cual es indispensable asegurar que las personas más capaces (quizá una élite compuesta por de planificadores) se hagan cargo de los asuntos más importantes gobernando verticalmente.

No obstante, esta tesis puede rebatirse sin mayor dificultad.  En un régimen autoritario, unos pocos deben tomar decisiones que incumben a muchísimas otras personas.  Sin embargo, éstos planificadores no cuentan sino con información muy imperfecta al momento de ponderar qué es lo que se debe hacer.  Piénsese, por ejemplo, en un burócrata limeño intentando elaborar un plan de desarrollo para una comunidad rural en Puno.  Cabe la posibilidad de que éste no comprenda bien la cultura altiplánica, o quizá éste no conozca con exactitud qué es lo que los habitantes de este lugar necesitan.  En otras palabras, cuando el poder en una sociedad se centraliza, los costos de información son muy elevados porque unos pocos deben recopilar información sobre muchísimas personas, todas distintas entre sí que habitan entornos variadísimos.  Por eso es que los gobiernos autoritarios, normalmente, fracasan al momento de resolver los problemas básicos más urgentes de la población –agua, desagüe, educación, y salud pública-.  Además, puede afirmarse que los beneficios de la libertad han quedado demostrados cuantitativamente.  Todos los años el Wall Street Journal (uno de los periódicos más prestigiosos de EEUU.) en conjunto con el Heritage Foundation (una ONG Canadiense) elabora un estudio (al cual se puede acceder en este hipervínculo http://www.heritage.org/index/) en el que se compara la libertad económica y política de distintos países con sus respectivos índices de crecimiento económico, desarrollo humano, PBI per Cápita, reducción de la pobreza y otros indicadores socio-económicos.  Predeciblemente, se descubrió que los países más libres también son, en promedio,  los más ricos y aquellos donde la gente vive mejor según estos estándares cuantitativos.

Tomando estos factores en cuenta, podemos concluir que nos conviene tener un estado más democrático y que respete mejor nuestras libertades políticas, económicas y sociales.  El próximo diez de Abril, al momento de elegir entre varias propuestas electorales, es menester recordar que el futuro de nuestro país depende en gran medida de lo que dictaminen los peruanos con su voto.  Depende de nosotros que la libertad en el Perú se fortalezca y siente las bases de una mayor prosperidad y que no impere, nuevamente, el fantasma autoritario que venimos arrastrando en virtud de nuestra historia.

Artículo por Lucas Ghersi

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