Transporte Urbano y Estado de Naturaleza

Acabo de tener el peor viaje en transporte público que me ha tocado. Me subí cerca a la bajada de Aguadulce en una ruta que recorría la avenida Arequipa. Ya había anochecido, lo cual en adelante tomaré como una señal para tomar un taxi. Poco después, en Pedro de Osma, dos policías desviaban el tránsito hacia una paralela. La calle era muy estrecha y ciertamente no apta para los buses. El mío era gigantesco. En la segunda esquina en la que trata de voltear el chofer, el autobús no logra pasar. Detuvimos el tránsito ya embotellado por 5 minutos mientras que retrocedíamos e intentábamos hacer pasar una mole por una callecita de un carril y medio. No quiero ni pensar que era el atolladero que dejamos atrás.

Un rato después, llegamos a la avenida Reducto. El bus comienza a dar una vuelta en U lentamente, siguiendo la ruta que toman todos hacia Armendariz para luego entrar a Larco. De repente un micro más pequeño da la misma vuelta a toda velocidad, cerrándonos el paso. El chofer de mi bus logró frenar a tiempo, pero estuvo muy cerca de chocar contra el lado del micro que nos cruzó. En Larco, los choferes se agarraron a insultos.

Pasando al lado del parque Kennedy, nos detenemos en una luz roja. Estaba distraído mirando por la ventana, cuando veo que una policía se sube, da una mirada y vuelve a bajar. En eso, suben dos y preguntan quién ha sido el último en subir. Nadie responde, y le dicen a todos que un chico con polo negro ha cruzado el parque corriendo y se ha subido al micro. Miré mi polo, y era negro. Las miré nervioso, y preguntaron “¿él ha sido?” Felizmente no tuve que decir que era inocente, porque los otros pasajeros atestiguaron que yo había estado ahí hace rato. Luego un señor sentado al otro lado me dijo “deben haberle robado a un turista”.

El transporte público en Lima es un desastre. Siempre lo he sabido, y lo he visto antes, pero nunca tan exageradamente. Las rutas son un caos, muchas son redundantes, las obras viales no están bien pensadas ni organizadas y los desvíos, menos. Los choferes parecen sacados de algún videojuego en el que si te chocas, te bajas y coges otro vehículo. La seguridad es un desastre: si te subes en hora punta, te pueden robar de los bolsillos sin que te des cuenta, y si te subes de noche pueden subir asaltantes en las zonas peligrosas. Si tienes paciencia o suerte, puedes subirte a un bus de una empresa de mejor calidad, en buen estado y con quizá menos de una década de uso, con asientos en estado respetable y pasillos anchos –como el que me tocó hoy. Si no, el viaje puede ser más rústico de lo que debería.

Quizá parte de la culpa la tenga la gestión de Fujimori, en la que se privatizó el transporte público y evidentemente no se reguló para que las empresas no utilizaran buses en pésimo estado y choferes con aptitudes mínimas. Lo cierto es que las gestiones sucesivas no han hecho nada por mejorar el problema. Hace poco aparecieron los buses grandes, en buen estado y hasta con publicidad, y aumentan en número, pero aún la mayoría siguen siendo las mismas latas sucias de siempre.

Los buses y micros viejos y en mal estado también contribuyen a la inseguridad. La falta de espacio y asientos permite que ladrones puedan robar a los que van parados, y el cobrador parado en la entrada no hace nada para evitar que algún ladrón suba y baje sin problemas. En los buses grandes, las puertas de atrás solo se abren para dejar bajar a alguien y las de adelante para dejar subir o viceversa (en teoría), lo cual ayuda a evitar que ladrones suban a robar sin problemas. También los choferes de las empresas de mayor calidad son por lo general mejores que los Pierre Nodoyunas que manejan los otros.

El mundo del transporte público limeño es, como demasiados otros aspectos de la ciudad, un pequeño estado de naturaleza hobbesiano. Existen leyes que regulan las reglas de tránsito, claro, pero nuestro país no es conocido por la vigilancia y respeto de sus leyes. Los buses no respetan los paraderos, manejan como motociclistas y dan un mal servicio. La situación mejora poco a poco; sin embargo, los choferes casi siempre hacen lo que quieren y no lo piensan dos veces antes de hacer maniobras temerarias, parar donde no deben o dejar pasajeros bajando a penas de segundo cambio. Es tierra de nada: son pocos los policías que hacen algo y no son disuasibles con algo de dinero. Los pasajeros tampoco toman demasiado interés. Lo que rige el comportamiento (si se puede decir que algo lo hace) es lo que se puede hacer saliendo impune. La cultura, pues, pesa más que cualquier otra cosa y es lo más difícil de cambiar. Nosotros tenemos, en torno a ciertas cosas, la cultura que es más urgente cambiar.

Susana Villarán tiene un trabajo difícil por hacer. Como se ha visto antes, cualquier intento por fiscalizar a los transportistas más de lo que les acomoda corre el riesgo de producir manifestaciones y protestas. De más está decir que si la municipalidad amenaza tenazmente con quitar consorcios a las empresas que no cumplan ciertos criterios de seguridad, se armarán las marchas. Esto es un poco el resultado de estados paternalistas y populistas, que plagan nuestro pasado, que dan al pueblo porque el pueblo quiere.

Para empezar, se deben ordenar las rutas y reducir el número de empresas que recorren por los mismos lugares, pues el exceso de competencia contribuye al desorden y al tráfico. En segundo lugar, los micros antiguos deben desaparecer pronto de nuestras calles. Los controles sobre la aptitud de los choferes debe mejorar mucho también –y eso involucra, además, que el Ministerio de Transporte se encargue de efectivizar los exámenes de manejo y eliminar la corrupción que plaga esos trámites. La seguridad ciudadana también tiene mucho que mejorar al respecto.

Por mi parte, lo pensaré dos veces la próxima vez que quiera tomar un bus y pueda evitarlo. Lima no es la mejor ciudad para utilizar el transporte público.

Escrito por Manuel Ferreyros

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Una respuesta a Transporte Urbano y Estado de Naturaleza

  1. José Miguel dijo:

    Hartas cosas para comentar. Dejo algo:
    ¿Qué hay con la paradoja de los stickers “Señores usuarios, en vista de los constantes operativos realizados por la policía NOS VEMOS OBLIGADOS A PARAR EN PARADEROS AUTORIZADOS”? ¿Recién? Yo pensaba que eso tenía que ser así siempre.
    En algunos buses bastante modernos un papel enmicado proclama que si el chofer deja bajar pasajeros por la puerta delantera recibirá una sanción y aún así… Claro, sin mencionar que los mismos policías que deberían sancionar son pasajeros en algún momento del día y suben, como es de esperarse, en donde les da la gana.
    Me pregunto si en realidad contestarán los teléfonos o si chequearán sus cuentas de Hotmail, cuando menos.
    Me resulta gracioso observar los sistemas de las puertas. En micros en que la puerta se abre con un botón, es la mano del cobrador quien termina malográndola. ¿Cuánto durarán esos buses?
    Creo que muchas veces los primeros en lanzar piedras son los usuarios inconscientes de dónde es en realidad un paradero o qué significa una luz roja, lamentablemente.

    Todo mi amor por el transporte público de Lima y, claro, no me excluyo del problema a veces.

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