La crisis africana y la nueva democracia participativa

A raíz de los últimos hechos en el norte de África, en que el grito por revolución se ha extendido desde Túnez hasta Jordania, Egipto y Yemen, el mundo espera ansioso por conocer las implicancias que esto pueda tener sobre las relaciones internacionales de Estados Unidos e Israel respectivamente. La principal preocupación es quién sucederá a Hosni Mubarak en Egipto, puesto que no solo es un aliado de occidente y mediador entre Israel y Palestina, tal como lo es Yemen, sino que además tiene en su haber el canal de Suez, ruta obligatoria de más del 40% del petróleo del mercado internacional. Poco se ha hablado, sin embargo, de lo que trasciende a la coyuntura; a saber, de las implicancias que tienen las infatigables manifestaciones de la población en la idea de libertad y democracia en el siglo XXI.

La democracia, una vez inscrita en el Estado moderno, ha sido eminentemente representativa. La razón es simple: la magnitud de las poblaciones nacionales hace imposible la reunión de ciudadanos gobernando a punta de aplausos a la manera espartana. Sin ánimos de demonizarlo ni mucho menos, puede decirse con certeza que este modelo democrático ha tendido a hacer ejercer a los ciudadanos su rol cívico únicamente cada cuatro, o cinco años, dejando a la larga una idiosincrasia pasiva en este aspecto. Es esta característica la que, en un escenario de dictadura, dificulta la vuelta de la democracia, y más bien funciona como factor a favor de una perpetuación de poder, o en todo caso de una seguidilla de golpes de Estado perpetrados por personas que ya gozan de poder.

Cuando comenzaron las protestas en Egipto, Mubarak mandó cortar la señal de Internet en todo el país, ¿por qué? La razón también es simple, y espero no demasiado optimista: la era informática contemporánea es eminentemente hostil a las dictaduras, porque protagoniza el giro de la democracia representativa a un híbrido entre esta y la democracia participativa. La globalización no solo acorta las distancias entre las personas que comparten opiniones y se organizan a velocidades antes inimaginables, sino que baja al mínimo la tolerancia de una población que conoce cómo funcionan las cosas en otros lugares del mundo. Prueba de esto es que bastó la inmolación de un frutero ambulante tunecino para que se disparara una bala que ya estaba en el cañón desde hacía mucho.

Tal como se puede diferenciar a la América Latina del siglo XX de la actual, en que las dictaduras son escasas y rotundamente impopulares, puede abordarse la presente crisis como un tema de madurez cívico-política. Lo que está ocurriendo hoy en el norte de África es claramente la subida de un peldaño más en favor de la lucha contra los regímenes dictatoriales en el mundo que, muy lejos de ser estratégicamente convenientes para sostener la paz en el oriente medio, como la coyuntura política podría hacernos pensar, son los que acumulan la ira de una nueva generación que les será mucho más difícil de controlar.

Escrito por Juan Ignacio Chávez

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