La corrupción eficaz: un análisis filosófico del legado fujimorista

La corrupción durante el Fujimorato no tiene parangón en la historia peruana del siglo XX. Un gobierno explícita y eminentemente autoritario, un Poder Judicial comprado, una prensa jalada por hilos, en fin: un Estado con precio en la espalda. A pesar de esto, hoy existen tantos impugnadores infatigables como defensores acérrimos del régimen. ¿Por qué? ¿Qué lógica está detrás de este debate interminable? ¿Qué principios filosóficos sientan las bases para cada postura?

Evidentemente, si restringimos el análisis a un acto corrupto en particular, no habrá discusión, pues no hay quien avale el abuso del poder por avalarlo. Debemos llevar nuestra discusión a abarcar todo el régimen. Quien avala la corrupción en el fujimorato y tiene dos dedos de frente, da cuenta de que fue un gobierno sucio, pero que los resultados en términos de desarrollo económico y social fueron beneficiosos para muchos peruanos, sin importar que estos hayan progresado en desmedro de algunos. Aceptará que tanto los medios de prensa como la oposición fueron o comprados o amedrentados, que la cúpula del poder robó, que todo el sistema estatal existió en función de la prolongación de la dictadura, pero dirá que eso no importa a la mayor parte de la población. Es muy probable que termine clamando: “¿No recuerda usted el apoyo que tuvo el autogolpe en el 92?”.

Esta línea de opinión se basa en dos principios filosóficos. El primero es formulado por el padre del utilitarismo, Jeremy Bentham: “el principio más elevado de la moral es la maximización del bienestar general”. Este filósofo inglés del siglo XVIII maneja un modelo dualista en el campo de la ética, en que la vida del ser humano está compuesta por placer y dolor, siendo la división entre ambos la utilidad, o bien la felicidad: “El mayor bien para el mayor número”. El otro principio se le atribuye al filósofo italiano del siglo XVII Nicolás Maquiavelo: “El fin justifica los medios”. A partir de esta visión consecuencialista de lo que debe ser un gobierno, no importa si el régimen de Fujimori fue corrupto e injusto si es que una gran población que históricamente había sido dejada de lado fue atendida y e insertada en el modelo económico.

En contra de esta sinergia filosófica se encuentra la deontología ética, cuyo máximo representante es el filósofo alemán del siglo XVIII, Immanuel Kant. Esta corriente filosófica no juzga los actos por sus resultados, sino por la carga moral intrínseca que supone que llevan; es decir, un acto es o categóricamente bueno o categóricamente malo dependiendo de su intención inicial como principio. Esta línea teórica aplicada a un régimen político en vez de a un acto aislado nos regresa al debate, y específicamente a una posible objeción al argumento anterior. ¿Acaso el defensor del fujimorato no tiene escrúpulos? ¿Acaso no le pesa que su país haya estado maniatado por una década? ¿No le importan los derechos de las personas, tales como el de la libertad de expresión? ¿No le importa que la proyección social del gobierno haya sido un mecanismo para permanecer en el poder?

Jeremy Bentham estaba en contra de La Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, pues consideraba absurdo que un principio metafísico, tal como el derecho de una persona, o el orgullo nacional, tuviese valor en sí mismo por encima de la suma del placer colectivo efectivo; es decir, del bienestar real de buena parte de la población. La profundidad de esta divergencia es la razón por la cual resulta tan difícil armar un debate entre impugnadores y defensores del régimen fujimorista. Así, la incongruencia entre sendos principios filosóficos termina manifestándose en una trifulca en donde unos son “malos” y los otros “caviares”.

Si no se puede recurrir a Kant para defender la democracia y condenar al régimen peruano más corrupto del siglo XX, quizás el mismo utilitarismo lo haga. John Stuart Mill fue ahijado de Jeremy Bentham y seguidor de su utilitarismo. El prodigioso filósofo británico del siglo XIX llevó al pensamiento utilitarista a considerar la justicia como una prioridad, incluso más allá del “mayor bien para el mayor número”. Argumentó que el enfoque utilitarista tradicional dejaba de lado los peligros a largo plazo que implica distribuir el placer sin atender el grado de injusticia de las circunstancias específicas. En otras palabras, a partir de un enfoque diacrónico utilitarista también se llega a la conclusión de que la corrupción tiene consecuencias no solo metafísicas y cualitativas sino tangibles y cuantitativas que importan más que el placer general en un momento dado.

Los métodos de medición de los costos de la corrupción están en constante desarrollo hoy en día. De hacer encuestas sobre percepción de corrupción hemos pasado a tomar variables específicas como el costo de oportunidad de la inversión extranjera (ahuyentada por la corrupción), el costo por ineficiencia institucional, entre otras. Tal como la teoría de Mill indica, no es menos empírico sumar además los costos del poco respeto por la Presidencia, el Congreso, la Policía Nacional y el Ejército, pues todas esas variables aparentemente metafísicas son costos cuantitativos en el mediano y largo plazo. La corrupción, como dice el historiador peruano Alfonso W. Quiroz, surge de un marco institucional inadecuado, de una estructura de incentivos que requiere una reforma profunda, y a la vez, desvirtúa las instituciones en eficiencia y dificulta la posibilidad de esa reforma.

Los principios morales parecen coincidir con la práctica, pues entre los intersticios del modelo utilitarista de Mill se divisa la ética de Kant. ¿Se debe defender el gobierno de Fujimori? Lo que se debe hacer es buscar el mayor beneficio para todos a lo largo del tiempo, pues lo que parece beneficioso y deja lastres es populismo que enmascara sed de poder. Se debe buscar el orgullo y la unión, pues lo que desatiende estos principios desatiende a la larga el pan en la mesa. Que quienes quieran seguir arguyendo en favor de la demagogia lo hagan. Nosotros luchemos contra la corrupción y el abuso del poder.

Escrito por Juan Ignacio Chávez

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Una respuesta a La corrupción eficaz: un análisis filosófico del legado fujimorista

  1. Celeste Erazo Utrilla dijo:

    Es cierto que el gobierno de fujimori era sumamente corrupto y autoritario, pero eso no significa que sea el peor de todos. Si bien es cierto el Perú vivió en ese entonces una dictadura, la cual es la peor de las formas de gobierno que pueda existir, existía también un alto índice de tranquilidad y seguridad en la población, razón por la cual hay muchos peruanos que apoyaron y apoyan este régimen. Pero si hablamos de corrupción, basta ver el actual gobierno del presidente Alan García, ¿acaso no está completamente infestado de corrupción? ¿No está el Apra grandemente desprestigiado por esta razón? Ni siquiera existe justicia o libertad para el pueblo peruano, sólo gozan de este beneficio, el cual debería ser una forma de vida para quienes a diario trabajan por el progreso de su patria, los delincuentes más viles y depravados. Sino basta ver cómo esas ratas asquerosas del congreso se bañan con la plata del pueblo, y cuando son descubiertos, reciben muchísimos más beneficios que aquellos que laboran honradamente… ¿Acaso no es esta la forma más sucia y maliciosa de robar, abusando a causa de su envestidura bajo la fachada anacrónica de trabajar por un Perú mejor? ¿Acaso ésto no es autoritarismo y corrupción sinvergüenza, aún peor que el Fujimorato, gobierno en el que siquiera existía la seguridad de saberse libre de aquellos otros delincuentes casi tan maléficos como la mayoría de los políticos, aquellos que rondan las calles y también roban? Pensemos bien cual es la verdadera corrupción y lo que verdaderamente daña a nuestra patria.

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