Un reflejo de la sociedad peruana

Hace mucho que no voy a una discoteca. Ayer fui a una conocida discoteca limeña y me percaté de ciertas cosas en las que antes no me fijaba.

Resulta que llegué a la cola de los que estaban en lista a las 11.15 p.m. más o menos. La cola era bastante larga y ya se notaba que sería difícil entrar, incluso estando más de una hora antes del cierre de las listas. Como era jueves, la mayoría éramos chicos de veintiún años a menos.

Pasaron diez minutos y mis amigos ya empezaban a llamar por celular para ver si alguien los hacía pasar de una vez. Quince minutos luego, ya era bastante obvio que muchos chicos en la cola  llamaban por celular a algún “contacto” que los hiciera pasar más rápido. Como ahora todos hablan gritando y ventilan sus conversaciones por celular, podías escuchar frases como: “Ahorita mi primo llama al administrador y nos dejan pasar al toque” o “Mi hermano me acaba de decir por teléfono que diga que venimos de parte de  … y que entonces nos dejarán pasar”.

Unos minutos antes de las doce, un tercio de la cola que estaba atrás, estaba ahora adelante, pero no era porque la cola hubiese avanzado, sino porque, ese tercio (incluidos mis amigos y yo) se había colado o porque conocía a alguien más adelante que le había hecho espacio. Al principio, la gente se colaba tratando de pasar desapercibido. Sin embargo, poco a poco, cuando ya se acercaba el cierre de listas, las personas se empezaron a colar indiscriminadamente. Lo gracioso era que nadie decía nada, ni reclamaba nada porque todos hacían o habían hecho lo mismo: colarse. Los únicos que no se colaban y que permanecían en sus sitios, eran los que, aparentemente, no conocían a nadie en la cola ni conocían a nadie adentro que los hiciera pasar.

Fue en este momento que me di cuenta de que exactamente, como la cola de esta discoteca, es como funciona nuestra sociedad peruana.

Hay de los que quieren conseguir algo, en este caso entrar y rápido, y llaman a alguien que les resuelva el problema. No importa que hayan llegado tarde o no hayan hecho cola, de todas maneras pasaran rápido. Están también los que llegan y hacen cola, pero que después de un momento se aburren o se hastían y prefieren encontrar a alguien que los haga pasar porque aparentemente es más eficiente. Finalmente, están los que hacen la cola como debe ser y esperan que avance. Sin embargo, ven a los otros colarse y no se quejan porque asumen que esa es una forma legítima de entrar al local. Es más, estos individuos muchas veces se lamentan de no tener “algún contacto” que le resuelva los problemas.

Al final, lo que se podía ver era mucho caos, falta de respeto, desorden y gente frustrada. Entonces pensé: “¿Cuál es la solución para esto?” Bueno, evidentemente hace falta más VIPs a lo largo de la cola para que se aseguren de que las personas no se cambien de sitio. Además, sería buena idea que si alguien se cola, haya una sanción. ¿Ponerlo al final de la cola o no permitirle entrar a la discoteca quizá? Y tampoco estaría de más poner señas o carteles (a lo mejor una buena propaganda) que fomenten la honestidad y la integridad y que muestren que colarse es malo e irrespetuoso.

Extrapolando esto, ¿qué necesita la sociedad peruana? Institucionalidad. Necesita que haya un cuerpo de VIPs o policías eficientes que hagan que las reglas se respeten y que fomenten el orden. Además, también necesitamos un estado fuerte y de largo alcance que sea efectivo. Si no, ¿quién garantiza que el que se coló irá hasta el final de la cola o no se le permitirá entrar para no ocasionar problemas? En tercer lugar, para un objetivo a largo alcance, se necesita educación (los carteles). Se necesita noción, una suerte de acuerdo grupal que diga que colarse está mal. Finalmente, se necesita una sociedad civil fuerte. Se necesita que la gente que está al final de la fila no se rinda, no se quede callada. No se pueden quedar esperando a que la democracia funcione para ellos. Ellos mismos tienen que utilizar a la democracia como medio para obtener resultados.

Me gustaría terminar recalcando que casi la totalidad de la cola era menor de 21 años. Eso quiere decir que nuestra “nueva” generación TAMBIÉN está acostumbrada a vivir estos paradigmas de que “el más vivo” gana o que “el mejor relacionado” es más importante. Todavía estamos a tiempo de cambiar estas maneras de pensar por unas mejores que beneficien a todos. Porque, lamentablemente, si no funcionan para todos, cómo ya hemos visto, terminaremos nuevamente viviendo con desorden, caos, irritación…

Por Gary Gonzales

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